EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICANÚMERO 1 — SEPTIEMBRE 2026
LITERATURASATLÁNTICAS
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Vida · Número 1

Donde nunca pasa nada

Una silla junto a una puerta de madera y un muro de piedra
© Eva García

Solo la vida

Sucedió en Dublín. Yo era una chica de veinte años aprendiendo inglés mientras cambiaba pañales. Peters friend's era una película del actor de moda de ese momento Kenneth Branagh y la protagonizaba junto con su esposa de Emma Thompson. Acabaron divorciados, pero esa es materia de la sección de chismes literarios. Con esa película descubrí las películas en las que no pasa nada. O pasa todo y tú te estremeces. Recuerdo a Stephen Fry brindando con sus amigos y diciendo "I have AIDS" en un momento en que tener Sida era sinónimo de muerte. Y de eso van las películas en las que no pasa nada. De todo lo contrario, de la vida. Pertenezco a la generación que creció viendo Arma letal y La jungla de cristal. Esta última, como película navideña es mucho más aconsejable que la de todas las ejecutivas cuyo coche se estropea en un pueblecito de Vermont y descubren el sentido de la vida haciendo magdalenas al lado de un carpintero con camisa de cuadros y mandíbula cuadrada. Pero ese es otro tema.

Después de las películas, vinieron los libros. No negaré lo bien que me lo paso con los libros en los que giro tras giro, el escritor me va llevando y trayendo. Incluso yo me dedico a escribir ese tipo de libros. Pero hay otro tipo de libros en los que no pasa nada, solo la vida, como ese en el que a una señora la araña un gato y de repente teme morirse y se plantea el estado de su matrimonio. Estoy hablando de Paula Fox y sus "Personajes desesperados". Me gustan los libros en los que no pasa nada, y me dejan observar subrepticiamente a una madre y a una hija, que pasean por una ciudad que es una jungla pero no de cristal sino de cemento, un duelo de apegos feroces que nos regala Vivian Gornick, para recordarnos que no todas hemos sido madres pero sí somos hijas y que la relación entre nosotras es tan compleja como inevitable.

Cuando la vida pasa en esos libros, uno acompaña a Olive Kitteridge en ese momento en el que esa vida en la que no pasa nada se acaba, como sucede en Luz de febrero, para enseñarnos que la vejez es fea, triste y huele mal. Porque la vida a veces son solo Tres días de junio. (Por favor, lean a Anne Tyler, es una orden)

Por eso me gustan los libros en los que no pasa nada. Porque en un momento en el que la vida consiste en un scroll infinito, a veces parar y ver un instante capturado en una fotografía de Vari Caramés, ver películas como Perfect days o la Gran belleza o leer a Pizarnick, nos permite disfrutar de ese lugar en el que pasa todo. La vida.