Entrevista · El Quijote Negro e Histórico · Número 1
«Yo escribo como mecanismo de defensa»
Manuel Avilés, comisario de El Quijote Negro e Histórico · El Pedernoso, Cuenca

Literaturas Atlánticas
En la cafetería de Angelito ponen un café con churros del que, según Manuel Avilés, sales para acostarte. Por la cantidad que te comes. Después de cuarenta años de trabajo en prisiones, que incluyeron la dirección de Nanclares de la Oca, unos cuantos de ellos con un revólver encima y demasiada gente dándolo por muerto, el hombre sabe apreciar una mañana que acaba así. También sabe complicársela organizando un festival literario.
«Yo escribo como mecanismo de defensa». La frase podría explicar su empeño en convertir El Pedernoso en un lugar al que acudir a escuchar, a discutir de libros, a quedarse un rato más. Una resistencia con café y churros, donde un amigo con una novela pésima tiene asegurados los huevos fritos y el lomo de orza. El micrófono tendrá que ganárselo.
En El Quijote Negro e Histórico se reúnen autores de estilos muy distintos, con libros que se meten en el crimen, en la historia, en las vidas ajenas. De esas conversaciones acaba saliendo el mundo que tenemos alrededor, con sus violencias y sus maneras de ejercer el poder, con lo que preferimos recordar y lo que nos vendría mejor olvidar. En El Pedernoso hay tiempo para hablar de todo eso. Y para discutirlo.
—Vamos a tomarle declaración, comisario. ¿Cómo acaba un hombre que lleva media vida anunciando que está «hasta los cojones de todo» organizando un festival y rodeándose de escritores, con lo suyo que tiene cada uno?
—Acaba uno así muy fácilmente. Yo era trabajoadicto. No desconectaba nunca. La cárcel engancha bastante y la cantidad de putadas que te hacen allí también. Debo de ser un poco masoquista. Mis muchos años con el asunto etarra me tenían bastante atrapado y no ha habido ni un solo año que no me sobraran días de vacaciones sin disfrutar.
El día que cumplí cuarenta años de cárcel, el título de mi último libro, me fui para dedicarme a las motos y a la literatura.
¿Los autores? Cada uno de su padre y de su madre, todos con el trastorno de la literatura y todos imprescindibles.
—Elija, El Pedernoso o Alicante. Y mójese, que para quedar bien ya tenemos a los políticos.
—Menuda pregunta saducea. Alicante me encanta. Fue mi primer destino.
El Pedernoso es una maravilla, se puede comer en el suelo. Reina el silencio, el aire es limpio y la gente acogedora y generosa. ¿Qué más quieres?
—Usted ha tratado con gente que mataba. ¿Qué le dan ganas de corregir cuando escucha a un novelista explicar cómo piensa un asesino?
—¿Tú quieres que me apedreen en el próximo encuentro literario que tenga? Mil veces he escrito contra los “criminólogos de salón” que son como los toreros que lo hacen muy bien con un toro que no lo es, sino que son unos cuernos que empuja un maletilla atados a una bicicleta. He entrevistado a miles de gentes con muertos en su haber, incluyendo en ellos a más de seiscientos etarras cuando me dediqué durante años a ese asunto.
El hombre es capaz de hacer lo que no es capaz ni de imaginar. Todos podemos ser asesinos.
En el ser humano hay dos sentimientos básicos: el amor y el odio y ambos están muy cerca uno del otro. El ser humano se mete, y se ve metido muchas veces, en problemas inimaginables, tirar de pistola o cuchillo o explosivo o lo que sea, muchas veces es visto como la única salida. Ya le he dicho muchas veces a más de un autor (sin pretender erigirme en maestro): deja ya al muerto, al desaparecido y a la guardia civil cincuentona, con gastritis, con mala leche, que busca un novio desesperadamente… Y métete en la cabeza del asesino. He visto homicidios por una discusión por tender la ropa, asesinatos por trescientas pesetas u homicidios porque el tío era muy feo y se reían de él. No todos los muertos violentos lo son porque el autor quería dar un golpe de Estado.

—¿Qué escritores admira de verdad? De esos que le hacen pensar «cómo ha podido escribir esto».
—Bueno, pues siempre he sido un gran lector. Evidentemente leo El Quijote el verano de cada tres años. Pío Baroja, Albert Camus. Leo la Biblia aunque no soy creyente, ningún dios ha inspirado a nadie para que la escriba. Los existencialistas en general. Manuel Vicent, Eslava Galán (mi amigo y maestro). Carmen Posadas (mi pareja de hecho en mil presentaciones literarias). Sandra Aza. Hay mil muy buenos y varios millones malísimos.
—¿Y a quién invita al festival? ¿Qué tiene que tener un escritor para que usted quiera sentarlo en El Pedernoso y ponerle un micrófono delante?
—Siempre que sea un buen escritor, lo invito. Es el único requisito. Me da igual que sea lesbiano, polígamo, testigo de Jehová o incluso feo y calvo y gordo. No invito a los pelmazos, a los pelotas, a los que escriben con faltas de ortografía, a los enchufados, a los plagiadores, a los ultrafascistas y a los que hacen libros de apología y peloteo para cualquier político.
—Vamos con una prueba de esfuerzo. Un escritor magnífico, pero que le cae mal. ¿Lo invita? ¿Es capaz de presentarlo elogiando sus libros sin cobrarle alguna deuda pendiente?
—Nunca me he cobrado una deuda en una entrevista a un escritor; llevo treinta años haciéndolas en Onda Cero, en el programa más antiguo y más oído en la Comunidad Valenciana, empezamos con una tertulia el día que mataron a Miguel Ángel Blanco. Me he dado cuenta de que odiar es muy trabajoso para pasarse media vida haciéndolo.
—Ahora viene un amigo con una novela que no hay por dónde coger. ¿Se lo dice o le busca una mesa a la hora de la siesta?
—Si viene un amigo con una novela pésima, lo invito al Quijote, pero como espectador y todos los días lo invito a comer huevos fritos y lomo de orza. Luego le recomiendo (como a los alumnos de los talleres de la Universidad de Alicante) que lea hasta que le duelan los ojos y se le desate la presbicia. Sin leer mucho no se puede escribir bien.
—Ficción o realidad. ¿Cómo ve la cosa? Con lo que usted ha conocido, ¿qué necesita inventar todavía para que nos parezca una barbaridad?
—¿Cuántas veces hemos oído que la realidad supera la ficción? Pues esa es la realidad. Mi último libro va de eso. Hay realidades que las escribes y la gente no se las cree. Cuando escribí “De prisiones, putas y pistolas. El desmantelamiento de ETA en la cárcel”, hubo gente que me dijo: Cómo te pasas. Y no hay una sola línea de ficción.
Cuando escribes solo combinas cosas que has visto o vivido. Si se te va la olla y escribes bobadas, haces un churro.
—¿Ha leído alguna novela negra y pensado que el autor debería pasar una tarde con alguien que haya tenido que limpiar la sangre?
—He leído dos mil quinientas, pero sería una puñalada trapera decir sus nombres. Un lector, con un mínimo bagaje, distingue inmediatamente a los escritores de salón y a los que ejercen el postureo. Mi primer consejo a los chavales de los talleres en la universidad es: No escribas para gustarle a nadie en concreto. No digas, por ejemplo, voy a escribir el manual de resistencia para agradar a Sánchez. Escribe lo que te salga del alma y te guste a ti.
La edad es buena para eso. Yo, un vejestorio, escribo solo lo que me da la gana, cualquier operación o resultado posterior me da exactamente igual. Las literaturas azucaradas me dan gastritis, gastroenteritis y ganas de quemar el libro a lo Fahrenheit.
—¿Qué le gustaría que dijera de El Pedernoso un escritor al volver a casa? ¿Y qué tendría que haber ocurrido para que usted decidiera invitarlo otra vez?
—Quiero que todos se vayan contentos con la hospitalidad de los pedernoseños. Para invitarlo otra vez, más que en el autor, me fijo en lo que dicen los asistentes a las presentaciones y tertulias literarias. Esos están renovados inmediatamente. ¡Qué tío tan bueno! ¡Qué pasada de libro! ¡Me ha encantado! Eso es lo que quiero oír de los autores.
—Cuando se marchan los autores y se acaba el festival, ¿qué le queda? ¿El gusto de haber montado algo que merecía la pena, las cuentas por pagar o unas ganas tremendas de perder de vista a todo el mundo?
—Nunca, hasta ahora, he tenido ganas de perder de vista a todo el mundo, aunque dos autores me han tocado un poco las pelotas en el peor sentido de la expresión.
—Última pregunta. Ha dedicado unos cuantos artículos a nuestros políticos. Si tuviera a uno sentado delante, ¿qué le aconsejaría para que su paso por el cargo le sirviera de algo a la ciudadanía? Procure que pueda publicarse, comisario.
—No sea usted como aquel guardia civil que trabajaba en un puerto y decía: «Que el Señor me ponga donde haya, que de cogerlo ya me encargo yo».
No utilice el cargo para ligar ni para poner pisos y llenar neveras. Pregúntale a Ábalos.
El tiempo pasa muy rápido y cuando te cesan nadie se acuerda de ti salvo para mal.
La gente tiene buena memoria. Procura pasar por los sitios sin que te vean como un golfo que solo quiere aprovecharse.
