EUROPA · ATLÁNTICO · ÁFRICA · AMÉRICAEDICIÓN 01 — SEPTIEMBRE 2026
LITERATURASATLÁNTICAS
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Chismes literarios · Nº 01

Un trío inglés

Literatura, deseo y biografía: las huellas de Jeanette Winterson, Pat Kavanagh y Julian Barnes.

La teoría de conjuntos y subconjuntos es complicada, y no sé si a los matemáticos les ayuda conocerla a la hora de comprender los mecanismos de un trío. El resto de los mortales andamos un poco a ciegas, lo cual no significa que no nos veamos, queriendo o sin querer, metidos en uno.

Al menos en un triángulo, que a menudo es un paso previo para vivir a tres, como en la canción de Aute, ya sabéis: “entre los tres nos organizamos, si puede ser”. Quizás fue eso lo que le dijo Jeanette Winterson a Julian Barnes, dos de los grandes escritores ingleses vivos.

Eran los ochenta y el conjunto formado por Julian Barnes y su esposa Pat Kavanagh era mucho más que la suma de uno más uno. Eran altos, bellos, elegantes como animales salvajes sabiamente domesticados por la cultura y la buena educación inglesa. Ella, con sus ojos rasgados y sus pómulos de actriz y su infancia surafricana, era una agente literaria tan respetada como temida, una de esas personas capaces de usar los silencios como un látigo.

¡Ah, cómo saben los autores qué significa la espera pegado al teléfono, esperando la lectura benévola de su manuscrito! Es rara esa relación entre autor/a y agente literario/a. Y así se conocieron Pat y la tercera persona en este conjunto poco disjunto.

Cómo empezó el romance no lo sabemos, así es la naturaleza del chisme, inconsistente, pero es sabido que Jeanette y Pat mantuvieron un romance tan intenso que llevó a Pat a abandonar el bonito hogar conyugal. Winterson venía de un hogar de clase baja, de padre obrero y madre ama de casa obsesionada con las Sagradas Escrituras y demasiado beligerante e impetuosa para el ambiente de veladas de escritores con educación en Oxford.

Pero, de alguna manera, ellas se amaron y, de alguna manera, eso se acabó y Pat vivió hasta su muerte con Julian, cuyo amor incondicional podemos seguir en las dedicatorias de sus libros, consagrados a un nombre. De ese amor y del dolor de perderla, que lo noqueó cuando un tumor cerebral la mató a los 68 años, quedó bellísima huella en ese libro perfecto que es Niveles de vida.

Por su parte, las huellas del romance se pueden seguir en La pasión, el relato maravillosamente ficcionado con Napoleón, Venecia y una gondolera pelirroja con membranas en los pies. “Se gana, se pierde. Se juega”.