El mirador de las palomitas · Número 1
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El espacio que deja Dios como ausencia que permite el ser.
El Pentateuco nos deja una escena final absolutamente estremecedora, digna de un drama. Moisés mira a lo lejos, se encuentra en el umbral de la tierra prometida, pero jamás entrará en ella. El Dios que lo ha acompañado hasta allí tampoco cruzará con él. Jack Miles, en Dios: una biografía (Planeta, 1996), nos habla de ese preciso instante en el que Dios cede la palabra al ser humano.
El Dios de Miles, a lo largo del Pentateuco, se muestra como un personaje casi shakespeariano, un Hamlet divino en conflicto consigo mismo. El monoteísmo concentra en un único dios las características que habrían estado repartidas entre diferentes divinidades en un universo politeísta. Es aquí donde surge un personaje de facetas antagónicas, creador y destructor, misericordioso y terrible, legislador y, en ocasiones, transgresor, todopoderoso y, paradójicamente, vulnerable ante aquello que él mismo ha creado. El pacto abrahámico establece, además, una relación singular entre Dios y el ser humano, una relación que permite explorar las distintas dimensiones de este personaje, ya no como figura simple y unívoca en su relación con el ser humano, cuando aparecen sus contradicciones, sus cambios y sus silencios.
Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y, en su relación con él, se revela a sí mismo. El ser humano se convierte así en espejo de Dios, en el que puede contemplar sus propias contradicciones. En ese espejo, Dios aparece a la vez poderoso e impotente ante su criatura. El contrasentido es que, para dejar ser al ser humano, Dios debe retirarse. Lo que en Miles aparece como una fuga de Dios adquiere un significado más profundo, la ausencia de Dios como espacio de posibilidad.
Es en este punto donde Simone Weil traspasa la frontera de la intuición de Miles y va más allá. En Entre lo divino y lo humano (Alma Editorial, 2026), la ausencia de Dios deja de ser una experiencia narrativa y adquiere una dimensión ontológica, la ausencia forma parte de la estructura de la creación. La creación es, para Weil, la kénosis de Dios, el espacio en el que, para que exista algo más allá de Dios, Él debe retirarse. Dejar fuera de sí ese espacio vacío en el que el mundo y el hombre puedan aparecer y, con ello, también lo propiamente humano: la libertad, el sufrimiento, la desgracia, incluso la posibilidad de negar a Dios. El abandono de Dios se convierte así en un oxímoron que tiende el puente hacia la libertad. Dios se retira para que el ser humano pueda ser.
El espacio inhabitado por Dios es campo fértil donde actúan la gravedad y la necesidad. La gravedad, como ley de movimiento descendente, arrastra hacia abajo; la necesidad establece la relación entre las cosas y se interpreta también a través de nosotros mismos. El ser humano se somete y se reconoce en ella al mismo tiempo. Frente a la necesidad aparece el vacío, un vacío que no se revela como simple carencia, sino como posibilidad de la contradicción, el límite en el que el yo deja de imponerse y se abre a lo trascendente.
La ausencia de Dios abre así un espacio contingente, expuesto a la caída bajo el peso de la gravedad y la necesidad, pero también el espacio en el que se produce la espera. El mismo vacío que parece señalar el abandono puede convertirse, para Weil, en el lugar de la gracia, donde lo humano puede revelar lo sagrado. Porque lo sagrado, contrariamente a este tiempo presente de la individuación, no reside en la singularidad que nos afirma como personas, sino en lo que permanece impersonal en cada uno de nosotros. Aquello que no reclama, que no se impone, aquello que nos habita cuando el yo deja de ocupar espacio y posibilita la relación con el mundo y el otro.
La fuga de Dios se convierte entonces en espera; la ausencia, en posibilidad, y el vacío, en el espacio intersticial donde lo sagrado puede acontecer. Pero ese espacio que deja Dios no siempre estuvo vacío; durante siglos estuvo ocupado por un ethos que permitía al individuo reconocerse dentro de una communitas, como parte de algo que lo excedía. Dios podía retirarse, pero permanecía la sombra de su presencia como forma de habitar el mundo. El espacio de la ausencia, sostenido por un “nosotros”.
Ya anotaba Steiner que los grandes sistemas ideológicos pueden entenderse, en este sentido, como intentos de reconstruir un horizonte de sentido, nuevos absolutos que reordenan la experiencia compartida y ocupan el lugar dejado por la religión. Pero la disparidad de relatos de nuestro tiempo parece conducir a un burnout del ethos común y nos enfrenta al vacío individual que queda a disposición del yo.
Hemos aprendido así a ocupar el lugar que deja Dios con nuestra voluntad y la necesidad de autoexplicación sin descanso. El yo grita incluso al espacio concedido a la escucha. El horizonte común se diluye como una acuarela ante la exigencia de construirnos, reconstruirnos y reinventarnos como celebrities cada temporada. Ya no se trata solamente de vivir después de Dios, sino de vivir en un espacio en el que cada individuo parece convertirse en fundamento de sí mismo.
Y es quizá Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, una imagen poderosa de esa pérdida del nosotros. Cuando el ser humano deja de ver, no pierde únicamente la visión, pierde a su vez el mundo que permitía reconocer en el otro.
La respuesta a todo ello no tendría por qué consistir en llenar de nuevo el vacío con otro absoluto; tal vez consista en aprender a habitarlo. Weil parece sugerir que la sociedad no necesariamente nace de compartir las mismas certezas, sino de reconocer aquello que, en cada uno de nosotros, no puede reducirse a propiedad, voluntad o identidad. Lo sagrado acontece precisamente allí donde el yo acepta no serlo todo.
Dios se retiró para que el hombre pudiera ser. Tal vez ahora el reto consista en aprender a retirarnos para que el otro pueda ser.

